Una noche me quité la ropa, los calzones, me duché, me puse perfume, me puse los calzones, una blusa negra, mis mejores pantalones y las medias mientras veía un hombre que bailaba en el televisor (el tipo se movía con sabrosura; movía la cabeza y la cadera. Sus músculos faciales se contraían en uno o varios espasmos.) Afuera se oía el tráfico de la caracas.
Un hombre esperaba afuera del garaje de mi casa. Esculcaba la basura. Lo iluminaba la luz del carro que salía en reversa. El hombre que manejaba era mi hermano. Vio que algo se iluminaba en el espejo retrovisor. Volvió la cabeza al frente y sacó el carro completamente de la casa . Él esperaba afuera. Ahí se me vino la imagen de mi padre manejando, en ese mismo carro. Un hombre joven con la barba negra y la frente grande que sintonizaba canciones dulzonas en la radio. Mi hermano me acercó hasta la caracas con 67. Me bajé y cogí Transmilenio para llegar donde Miguel. Allí alcancé a tomar un asiento vacío. Mientras esperaba sentada oía que alguien me saludaba con familiaridad. Yo asentí con la cabeza como si la conociera. Se sentó al lado mío y para superar el silencio me preguntó si sabía qué había pasado esa tarde en el salón de clases.
−¿Sabes lo que pasó hoy en el salón con Tutela?− Dijo ella.
−No, ¿qué pasó?− simulé que sabía quién era ella.
−El decano se rio de Tutela cuando le cerró la puerta en la cara. Lo que pasa es que ella siempre llega al salón, deja la maleta y se va a besarse con el novio. Además Tutela se puso brava con el decano. Le dijo que ella ya había llegado y había dejado la maleta en el salón… No marica la vieja es muy grosera... Marica tú vieras…
Se calló por un momento, y mientras tanto yo me hice la pendeja.
−Chao, me bajo en esta estación−. Salí y me bajé en la estación de la calle 85.
Como les dije iba para donde Miguel. Era de noche y tenía que pasar por la paralela a la autopista. Por una calle llena de árboles y de orines. Miguel esa noche iba a preparar algo de comida. Ir a su casa por esa época era muy angustiante. Matilde, su madre, llevaba más de cinco semanas enferma. Tenía una actitud de despedida cada vez que iba a su casa. A veces me miraba mal. Me hablaba muy poco. Desde que empezó a debilitarse empezó a ser más amable con migo. Su cuerpo estaba lleno de manchas.
Esa noche Matilde parecía que quisiera retomar las fuerzas; alzaba la taza, la cogía del borde como arrastrándola. Sus gestos eran lentos y a veces bruscos. Comimos una sopa de verduras. Miguel había hecho el caldo con zanahoria y cebolla. En el fondo de la sopa había cuscús. Su madre se paró de la mesa. Trajo una botella de ron y nos la dejó. Nos tomamos toda la botella. Me fui al baño. La puerta estaba trancada. La luz estaba prendida. Traté de abrir la puerta pero intuí que ahí estaba Matilde: muerta. Volví a donde estaba Miguel y le dije que fuéramos a dar un paseo. El asintió con un aire de borracho y nos fuimos.

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