Historias

domingo 27 de febrero de 2011

Funeral en la Rada

(El primero que se va del funeral se lleva el alma del muerto).

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En la Rada, un caserío, los muertos son un pretexto de fiesta. De fiesta y música de mucho alcohol de por medio. Esta noche Fidel se fue, o más bien, está presente como un cuerpo encerado de memoria y trajín. Desde hace un par de horas han llegado amigos y familiares a su casa, que da sobre un patio con marranos echados en el barro. Magola, su madre, canta con una voz gruesa. Al fondo suena el sonido de la percusión de dos de sus hijos; Fabricio, el hijo menor, y Jeremías, el del medio. El sonido se dilata al paso de los nuevos habitantes que llegan a la casa; los hombres del caserío se sientan alrededor de los perrcusionistas para esperar el turno del tambor; sus hermanas, Nancy, Paty y Alex reparten el suero motilado, una bebida hecha de limonada, azúcar, anís y sal.

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En la mitad del patio hay una mujer parada que fuma y suda. Levanta la cara y mira de arriba abajo. Desvía la mirada de la cama blanca donde está Fidel y se cruza con Jeremías. Al parecer era una de las novias de Fidel, Jeremías la había visto entrar un par de veces a la casa de Fidel y en el pueblo la conocían muy poco, le decían ‘la novia fantasma’ porque siempre aparecía en los funerales y se iba con algún conocido. Se iba, según cuentan, porque se largaba con uno de los amigos del muerto a su casa. Dos horas más tarde, cuando Jeremías ya estaba borracho, él se le acercó. La noche se abrió con más bulla y sabor y algunos se animaron a bailar. Jeremías sacó a bailar a Tulia. Era la una de la mañana, y el ambiente seguía muy prendido. Nadie se había ido. Nadie se quería ir. Jeremías se entusiasmó con Tulia, bailó con ella, pero ninguno de los dos musitaba palabra. Tulia tenía una mueca de dolor, lo miraba con un aire de coquetería. Me empezó a acariciar y me dijo: –Bailas igual que Fidel–. Yo no dije nada. Hice caso omiso del impulso de largarme con ella en medio de ese funeral a su casa. Solo asentí con la cabeza y le sonreí. Ahí estábamos, bailando, mirándolos como si ella guardara algún secreto; como si ella estuviera a la espera de algo. Pero no le di ni hálito de esperanza a esa mujer. Empezamos a tomar más mutilado. La gente empezaba a cabecear y la música y el canto cesó por unas horas. Entre las cuatro y cinco de la mañana empezó a oler a cilantro. Mi hermana Alex estaba preparando el desayuno; un mote de queso, una sopa espesa con ñame, queso y cilantro. Sirvieron a las siete de la madrugada. Todos los conocidos y amigos de Fidel seguían allí con las camisas blancas, sudadas y con un olor a anís. Tulia hizo un gesto extraño como si alguien hubiera llegado por ella. Había llegado una moto. El tipo no se bajó a buscarla. Esperó afuera con la moto prendida. Tulia se quedó mirándome. Me insistió que la acompañara a su casa porque había llegado un amigo suyo con la plata de la quincena, así podrían irse en un bus hasta su caserío. Jeremías salió de la casa, Tulia iba detrás. Alcanzaron la moto porque hacía un par de segundos había arrancado. Jeremías había sido el primero en salir del funeral. Iván, el de la moto, le dio la plata y caminaron hasta el primer paradero de bus. Al llegar a su casa tiraron un rato. Luego, Jeremías empezó a sudar. Sentía que cargaba con un bulto. Sentía el cuerpo pesado, doble, y se desencajaba en desdoblamientos fugaces.


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