domingo 9 de octubre de 2011

As if the Sea should part
And show a further Sea -
And show - a further - and the Three
But a presumption be -
Of Periods of Seas -
Unvisited of Shores
Themselves the Verge of Seas to be -
Eternity - is Those -

Emily Dickinson

viernes 12 de agosto de 2011

La carnicería y otros cuentos

Fotografía -Óleo sin título de Felipe Arango Posada.



Fotografía -Óleo sin título de Felipe Arango Posada.



I. Lupoldo y Tarsi



Frente a la carnicería



Ayer comí frente a una carnicería. Las reses y las caras de marranos se alcanzaban a ver desde la ventana. Estaban secas, no había vitrinas, toda la carne estaba colgada con ganchos. En el restaurante había una mujer que hablaba por celular. Tenía las piernas cruzadas y se miraba las uñas. Ella me miraba mientras yo masticaba el pedazo de cerdo, comiendo mecánicamente con los dos puños cerrados sobre la mesa. El mesero puso dos platos; uno tenía arroz y el otro papa sudada. Miré hacia el plato y luego volteé la cabeza de reojo a las piernas de la mujer hasta llegar a los tenis blancos. Volví a mirar la cara degollada del marrano que colgaba en la carnicería con una mueca interrumpida. El mesero me susurró unas palabras que no entendí. Tampoco le respondí nada. La carne estaba dura, arisca al corte de los cubiertos; daba vueltas de un lado para otro en el guiso que se salpicaba en la mesa. El carnicero parecía que picaba la carne. Comí hasta que me metí el último pedazo y me lo engullí todo. Luego, en ese trance de llenura vi otro cerdo que atravesaba la calle. Un enano lo seguía con un paso distinto al de quien sigue a su presa para matarla. El hombre enano lo correteaba como buscando a su novia; el marrano parecía ser su mascota que huía a la carnicería buscando las caras de sus padres, gruñendo por los corredores sin dejarse atrapar.




El carnicero




El carnicero trabajaba de las ocho de la mañana a las siete de la noche. Ese día abrió la carnicería y se detuvo por el olor de las carnes crudas. No estaban sanguinolentas porque el lugar había estado cerrado por unos días. A él le había salido un trabajo como vigilante en un circo. Le tocaba rondar a un hombre que ayunaba. Estuvo en vela durante dos días vigilando la atracción del circo. Esta espera le daba hambre y náuseas. Fueron dos días de sufrimiento porque la imagen del hombre desnutrido era perturbadora; le recordaba las carnes abandonadas en su carnicería, el ayuno de los hombres que pasaban a buscar la carne, el hambre suspendida en las caras degolladas de los marranos.




El carnicero, ese día, llegó más temprano y repartió las carnes a los restaurantes aledaños. Picó las que no estaban frescas, para echarlas en bolsitas y venderlas en promoción. Al restaurante del frente le pasó media libra de cerdo y le encimó las pezuñas y el hocico.



El carnicero manejaba el depósito del gremio de los carniceros. La carne que no salía iba a parar a un local abandonado. Pero desde hacía un tiempo, los carniceros de la ciudad habían dejado de llevar la carne vieja al depósito y optaron por enterrarla en el potrero más cercano. Éste, en cambio, siguió disecando las carnes más viejas y las organizó en un muestrario de reses.




Cita con Leyla




El hombre que entró al restaurante podría tener unos sesenta años, era alto, grueso, de cabello blanco, cejas espesas y manos grandes. Tenía un anillo de esmeralda. Se sentó y pidió el plato del día. De repente comenzó a cortar la carne con un movimiento violento. Yo mientras tanto trataba de quitarme el esmalte de uñas. Cuando volví a observar al hombre, él estaba masticando con la boca abierta, pasando la lengua por los dientes, con la mirada fija en la mesa, en el cerdo que yo lo veía por el reflejo de la ventana al otro lado de la calle. Yo me hacía la que hablaba pero mi clienta ya me había colgado hacía un minuto. Busqué entre mi libreta más clientas para regresar al salón con más trabajo para esa noche. Hasta entonces, sólo había programado una cita con la señora Leyla. Tenía que hacerle un masaje en las nalgas. Ese día salí del restaurante porque el hombre se quedó mirándome como si estuviera viendo su plato de cerdo. Salí con afán al salón de belleza porque tenía solo un turno confirmado para la noche.




Recuerdo que esa noche mientras le daba el masaje, miraba fijamente la cortina ligera que separaba su cabina de la otra. Al otro lado de la cabina no había nadie. Miraba la cortina como si buscara un mensaje de una clienta. Se venía una jornada floja. Leyla me gritó ¡Tarsisita! Me dijo que la masajeara un poco más arriba; por las caderas que agarraban una cola ancha y dislocada. Sus nalgas estaban tiesas y en la cara tenía un gesto de placer; la boca abierta y silenciosa que se interrumpía con gemidos.



La mujer del restaurante



La mujer que hablaba con su clienta miraba con cierto aire de coquetería, como seduciendo al vacío. Se veía concentrada anotando en la libreta algún dato mientras hablaba por el teléfono; movía la pierna impaciente, pero el mesero no se preocupaba de acercársele por si quería algo más. Tenía puesta una sudadera pegada que le forraba las piernas y hacía notar las pantorrillas. Su busto sobresalía como ahorcado en un una camisa estrecha.



Ese día después del plato de cerdo me quedé mirándola como para ver la oportunidad de acercármele y entablar una conversación. Después de las miradas insinuantes, la vieja se fue. Llevaba un morral y parecía que trabajaba allí cerca. Yo la seguí sin que me viera hasta que entró a un salón de belleza. El aviso del lugar decía ‘Mantenimiento del cuerpo y otros placeres’. Pensé que el salón era restringido solo para mujeres porque no entraba nadie, ni siquiera mujeres. Esperé un rato tratando de mirar la lista de precios que se veía más allá de la vitrina. Masajes corporales…$25.000, alcancé a leer.



Pedí una cita al teléfono que aparecía ahí. Me contestó una señora Tarsi y me preguntó que qué quería hacerme y que dependiendo de eso podía programarme una cita para ese mismo día. Entré al lugar y esperé en la sala que daba a una pared; estaba curtida y tenía unas imágenes de mujeres musculosas. Estuve esperando, viendo a las mujeres y oyendo los gemidos de una señora que estaba en el turno. Al cabo de unos minutos salió una mujer de nalgas grandes. Tarsi me reconoció con sorpresa y con cierto nerviosismo me hizo pasar a la cabina, me dio una bata ancha y una toalla. El masaje empezó con aceites, luego me quitó los espasmos de la espalda hasta llegar a la cadera y las nalgas. Aún sentía el cerdo en el estómago. Me dio un par de palmadas y terminó masajeándome con el codo para sacarme una yuca de la nuca. Al parecer había estado tenso.




***



II. Dos ciegos




Un ciego en un bus




Iba para el norte. Un hombre estaba sentado cerca de la puerta del bus. Cuando me senté en frente, en una silla diagonal a la suya, el hombre se me acercó para preguntarme en qué calle íbamos.



—Por la 22 señor—contesté.



Luego, el hombre se acomodó en la silla con inquietud, desconfiando de mi respuesta. Al cabo de unos minutos el hombre empezó a mascar chicle; lo masticaba con impaciencia y preguntaba cada cinco minutos en qué calle íbamos; indagaba a todos los pasajeros del bus, como hablando en un escenario vacío. Una vez el conductor del bus frenó para oír lo que el hombre preguntaba, pero no le contestó nada y arrancó el bus con violencia. Durante el recorrido miré al hombre esperando a que por fin llegara a su destino, o a que se le acabara el chicle.




El bus iba lento, recogió a varios pasajeros que no tenían donde sentarse; poco a poco fueron rodeando al hombre, asfixiándolo con otras voces que opacaban su pregunta. El hombre seguía mascando chicle, quizá esa goma aceleraba la espera, o sentía que avanzábamos deprisa. Me detuve en sus ojos, en el gesto mecánico que hacía con su boca, pensé que tal vez era una sensación de perforar un hueco negro con los dientes. Recordé al ciego que tocaba el tambor en el puente peatonal, en su voz quebrada que cantaba en las noches y movía la coca de las monedas como si fuera una maraca. Ese hombre también repetía un gesto; asentía con la cabeza mientras tocaba el tambor esperando a que alguien lo detuviera.




Yo iba con una bolsa encima de las piernas. Tenía un par de kippes calientes envueltos en un papel que se le traspasaba la grasa y me untaba las piernas. Mi madre me esperaba porque estábamos invitadas a un almuerzo donde la tía Lucy.




El ciego me sonrió. O el movimiento que hacía al masticar el chicle hacía parecer que sonreía. De su boca le salía una saliva gruesa. Una mujer en la calle le empezó hacer señas. Yo le dije que una mujer de saco rojo lo señalaba como queriendo decirle que se bajara, pero él hombre no me hizo caso y se bajó unas cuadras más allá de donde estaba la mujer. Al bajarse se apoyó en un bastón que tenía el mango tallado con una figura de caballo. Recordé al caballo del Valle; un caballo inquieto e indomable. Sus nervios se erizaban cada vez que oía una mosca.



El caballo ciego



Una vez vi un caballo ciego. Un hombre me llevó a la caballeriza del vecino de Arturo, mi abuelo. El lugar estaba construido en ladrillo, rodeado de árboles altos y los caballos estaban encerrados. En la noche los liberaban y galopaban sueltos en la oscuridad. Al caballo ciego lo dejaban amarrado; chocaba la reja con los cascos mientras que los otros caballos avanzaban sin detenerse lanzando relinchos. El galope de los caballos era un eco sonámbulo y retumbaba en los sueños de los hombres. El caballo ciego erguía las crines en un sordo relincho, y su mirada se perdía en el silencio. Una vez mi abuelo creyó oír en un sueño el trote de la manada de caballos, él estaba en medio de la ronda salvaje; el abuelo repetía los relinchos para camuflarse entre ellos. Los caballos se entrecruzaban sin chocarse hasta que fueron desapareciendo.




El caballo ciego murió de espera en la celda de la caballeriza. Una noche los caballos no regresaron porque desviaron su camino y galoparon siguiendo a un jinete que encaminó la cabalgata. El caballo blanco fue enterrado en los potreros de la finca de mi abuelo. La caballeriza quedó abandonada.




***







III. Lorica y sus pretendientes




Jonatan




Lorica trabajó durante seis meses en la ferretería de su padre. En el tiempo que pasó ahí conoció a varios hombres que iban a comprar materiales pero también a saludarla. Tuvo tres amoríos; el primero fue con Jon Jairo, el segundo con Óscar, y el último con Jonatan. Peleaba constantemente con su padre porque coqueteaba con sus mejores clientes. A medio día iba a la tienda de empanadas de Doña Tulia con algún amigo. Tulia hizo varios chistes pesados a los amigos de Lorica, lo cual hizo que ella dejara de ir por un tiempo. A Jonatan se la montó porque tenía cara de pollo crudo a pesar de sus 28 años.




Un sábado Lorica fue a una fiesta y decidió llevar a Jonatan para bailar con él y no pasarla aburrida en la reunión; él miró toda la fiesta a la cumpleañera y bailó un par de canciones con la prima de Lorica. Cuando Paloma, la cumpleañera, se estaba retocando en el espejo, Lorica le jaló las trenzas con rabia. Después de esto la quinceañera no volvió a salir a la reunión hasta que sonó el vals y la mandaron llamar para bailar con su abuelo. En el baile se puso roja y empezó hacer movimientos torpes.





Jonatan no volvió a la ferretería y Lorica no volvió a tener interés por los clientes de ese lugar, pero volvió a la tienda de empanadas de Tulia para conocer a otros hombres. En las tardes se reunía a jugar cartas con los clientes de Tulia y con algún otro conocido. Lorica contó varias historias en las jornadas de juego y Tulia le dio muchas recetas culinarias y menjurjes para la buena suerte.



Óscar



Antes de Jonatan vino Óscar. Él la persiguió varias veces antes de que Lorica le aceptara una invitación. La perseguía porque le gustaban sus tobillos. Le afiebraban los pies femeninos y creía ver en los tobillos un hueso excitante. Le caminó por dos semanas hasta que un día la invitó a salir. A Lorica le perturbaba salir con él, pues después de la segunda cita no tenían nada que decirse. Él sólo le hacía caricias y le tocaba la entrepierna hasta llegar al tobillo. Lorica se acostumbró al silencio de la relación. No era un silencio incómodo, tampoco era aburrido. Era una relación de gestos, muecas y olores; él olía a sopa de zanahoria con ajo. Ella no supo a qué le olía a él, pero pensó que tal vez ella le olía a óxido porque se la pasaba arreglando las vitrinas de llaves, tornillos y repuestos en la ferretería de su padre.



El arreglo



El amorío con Jon Jairo se dio una tarde en que su hija fue a la ferretería a pedir ayuda para arreglar una cisterna. Lorica sabía algo de plomería y le ayudó llevando los repuestos a su casa. Ese día Jon Jairo se cruzó con Lorica. Él no sabía del daño del baño y pensó que Lorica era una amiga de su madre. Desde ese día supo que ella trabajaba en la ferretería. Desde ese momento Jon Jairo la visitaba y le compraba repuestos. En una ocasión tapó el inodoro para que Lorica fuera a arreglarlo y desde entonces Lorica no quiso volver a saber de él.



Aquel año había sido desastroso para las relaciones amorosas de Lorica, pues los tres amoríos anteriores habían terminado de modo abrupto. Aquella noche se fue a la discoteca a las afueras. ‘Báilalo con soltura’ se leía en el letrero de neón puesto a un lado de la carretera. Lorica sacó a bailar a un par de hombres que estaban en la barra. Al parecer quería desquitarse porque ninguno de sus anteriores pretendientes bailaba bien.




La barra de la discoteca era ahora su lugar; allí no se sentaban ni los casados los ni solteros. Los hombres estaban dispuestos a hablar con Lorica sin ningún compromiso. Luego se dio cuenta de que la mayoría de los hombres eran viudos y que iban a la barra para conversar con cualquiera que se les acercara para acortar la noche. Uno de los hombres se obsesionó con Lorica y cambió su rutina diaria. Se pasaba por la ferretería y acostumbraba a llamarla cada vez que tenía un problema con la electricidad o la plomería.



El hombre de la barra en ese entonces tenía cincuenta y cinco años de edad. Ahora está muerto. Era aficionado a la bebida pero sobre todo a la salsa. La muerte le sobrevino una noche que bailaba con Lorica, cuando bailaban la canción Yo soy la muerte.






***




VI. Los primeros días de julio



I.




Por los primeros días de julio, mientras esperaba la llamada de un hombre, pensaba en la muerte. Pensaba por ejemplo en las voces que se juntaban en un funeral; las frases de cajón que se dicen ante un ataúd. Recordé que en mi primer funeral me quedé muda tratando de oír lo que decían los visitantes al cadáver. Los que se acercaban al cajón tenían un aire solemne, se doblaban y miraban al muerto y luego retrocedían pronunciando algunas palabras entre dientes.




Era lunes. Me vestí, bajé y compré flores en nombre del muerto. Esperaba la llamada de un hombre mientras en mi sala se velaba una muerte. La mesa del centro de la sala simulaba un cajón; encima había unas fotografías, libros y los lirios. La fotografía de mi abuelo en blanco y negro enlutaba el lugar como los vestidos negros enlutan los funerales.




Entonces quité las flores y las tiré a la basura para limpiar el olor a funeral. Las tiré como echándolas a una sepultura desconocida. Pensé en mi funeral, en el velorio que jamás iba a recordar, solo lo imaginaba con inquietud, como queriendo estar presente en mi despedida. Lo recreaba con los funerales de los otros, con los olores y las multitudes difusas, las frases gastadas que se repetirían como un eco dentro del ataúd. Pensé en el ciego que queda viudo; en las caricias de despedida y en la sensación de estar despidiendo a alguien que no vio. Él era como el muerto que asiste a su funeral y no ve los rostros.



II.




En las primeras tardes de julio, un conocido murió. Fui a su funeral, y le llevé una carta de despedida. Su retrato estaba puesto en una mesa muy cerca al cuerpo. El portarretrato era su ataúd; encuadraba un cuerpo y la memoria de un gesto que se enterraría esa tarde. Esa foto y su marco se iban a pudrir como el cadáver en la fosa. La foto velaba su muerte. El funeral era la tira del negativo velado que Alfonso no pudo revelar; las caras de los conocidos que asistían esa tarde eran rostros que pasaban como diapositivas proyectadas en una pared blanca. El vidrio del retrato se veía lleno de huellas y en él se reflejaba el vivo sobre el muerto; los hombres contemplaban su cara en la cara del difunto. Y las huellas en la foto eran el signo de las miradas morbosas hacia el muerto.




El bus esperaba afuera. Nos llevaría al cementerio. Las flores que estaban encima del ataúd las iba a llevar un camión hasta la tumba. Las coronas las echaron en el camión como si fuera un pedido de verduras para despachar. Los conocidos también fueron apurados para que tomaran el bus que los llevaría al cementerio. El entierro estaba programado para las 4:30 y los sepultureros estaban abriendo el hueco desde las 3:30 de la tarde. La caravana de gente y las flores fueron llegando. Los sepultureros esperaban encima de las montañas de tierra.




El lote y los alrededores del cementerio se veían desolados. Los mausoleos servían como depósitos de escobas y traperos. A unas tumbas medio abiertas las rondaban unas moscas. Los hombres también rondaron el hueco como insectos enlutados. Rodeamos el hueco de tierra seca. No había llovido hacía un par de semanas. El hombre fue enterrado esa tarde y las coronas las amontonaron sobre el tapete de pasto.

martes 3 de mayo de 2011

Opia y Enrico



––Enrico, le estoy caminando a mi salero–– dijo Opia y se calló por un momento.


Desde hace un par de días no lo dejo en paz. A pesar de mi superstición con la sal, desde hace un tiempo mi relación con el salero se traduce en una experiencia erótica. Todo empezó cuando me obsesioné con el sabor salado en mi lengua. No resisto los sabores insípidos y mucho menos dulces. Además, pasar el salero a todos los de la mesa dejó de ser un gesto mecánico. Ahora soy la mediadora oficial entre el salero y todos los que comen en esta mesa. En las comidas cargo con el mal agüero de pasar la sal, pero esto, entre otras cosas, es lo de menos. Me he ido obsesionando con el hecho repartir la sal en cada plato (y al que no me deja, le paso el salero en la mano), para chantarle la pelea que dice el dicho. Cuando toco la sal se vuelve un placer más directo; palparla con los dedos, sentir los granos de sal marina como vidrios que se entierran en mi huella, dejan una memoria en mi cuerpo.


La almaceno en un frasco de vidrio con tapa y sin orificios. Me gusta mantenerla con su humedad, así cuando se cae algún grano de sal, no aplica el mal agüero de dejar regar la sal. Como ya te dije la sal marina es más atractiva porque resulta carrasposa para los dedos. También porque en términos de sabor es más rica y equilibrada. Se ha vuelto como un vicio narcótico. Además le estoy dando más usos de los usuales. Ahora me embadurno con sal cuando me baño. En la tina, la sal toma un aire ritual; con el estropajo me hago masajes y al champú le echo unas piscas de sal para tener el aroma en el pelo. La sal una vez toca mi cuerpo adquiere otra dimensión; me alimenta el deseo de posesión. Quiero que haga parte de mí, que me invada mi cuerpo. Ella es mi trascendencia, ella me hace huir de la nada. Cuando me lavo los dientes con sal siento ardor en las encías. Es doloroso, molesto, pero así siento más su presencia. A veces siento que habita en mi cuerpo como un parásito que me come por dentro…


Opia terminó de contarle su delirio por la sal y se dio cuenta de que Enrico estaba disperso. Se sintió ridícula por un momento. Quizá su obsesión no era interesante, pensó.


––¿Enrico, tú con qué te has obsesionado?—dijo Opia.


Mientras Opia lo miraba, Enrico se quedó silencioso…


––Me obsesionan las cucarachas…–– dijo él con un aire de vergüenza. Sé que es algo asqueroso, pero desde hace un tiempo me gustan, es una obsesión extraña, pero mi relación con ellas se ha vuelto entrañable… A pesar del asco y repulsión que sentía por estos insectos, hace unos meses mi fetiche se volvió evidente cuando en mi casa la epidemia de las cucarachas dejó de ser un problema y se convirtió en una compañía para mí. Una compañía esquiva y repelente a cualquier habitante de la casa. Sin embargo, yo empecé a dejar por ahí sobras de comida para que en la noche salieran de cacería. Lo hacía por la curiosidad de ver el mundo de las cucarachas. A la una dos o de la mañana salgo a la pesquisa de cualquiera que se deje atrapar. Admiro mucho su inteligencia y tengo un cuaderno con anotaciones y dibujos de las mutaciones que presentan. A veces presentía que se habían apareado con otro animal pues de repente cambiaban de color, aparecían más oscuras, o se alteraba su tamaño. Me di cuenta de que cada vez eran más fuertes contra las manos de los asesinos de esa casa. Mi amor por las cucarachas también se ha vuelto un acto sádico y erótico; las busco para matarlas con los dedos y olerlas. Su olor es neutro. El placer muchas veces consiste en agarrarlas por donde pueda y dejarlas sin pies ni cabeza. Sé que las cucarachas se reproducen con facilidad. Pero a veces me levanto a mirarlas como un voyerista para ver cómo se montan una sobre otras, he visto hasta cuatro o cinco cucarachas. Los huevos en cambio son difíciles de encontrar. He pasado un par de semanas tratando de encontrar uno para ver el proceso de metamorfosis y anotarlo en mi libreta mientras ellas me miran en un silencio de cucaracha.


Estaban en el cuarto de Enrico, y Opia imaginó por un momento que la habitación podría estar llena de cucarachas, como ella, cuando guardaba tarros de sal en su cuarto. Empezó a imaginarlas como testigos en su relación o como parte del encuentro sexual; las cucarachas trepándose en la cama y la sal pegada a los cuerpos. Pero hasta entonces Opia no había visto ni rastro de una cucaracha.


––¿Tienes algún lugar donde guardes un par de cucarachas?—preguntó Opia, para calmar la intriga.


––Como te dije ellas salen entre una y dos de la mañana, a esa hora podría mostrártelas….—contestó Enrico.


Dio la madrugada y Enrico se puso en la tarea de buscar cucarachas. Opia lo esperaba en el cuarto. Se fue a la cocina y no vio nada. Presentía que estaban muy esquivas a su presencia. De hecho le parecía muy raro ¿por qué no aparecían? a las trampas de panela que puso encima del mesón de la cocina. Enrico estaba alterado. Estaba atento a la llegada de alguna cucaracha. Parecía que algún olor o presencia extraña estuviera repeliendo su aparición. De repente vio que se asomaron tres cucarachas muy cerca al sifón y les mandó la mano. No quería matarlas pero quizá era la única forma de que no se escaparan. Las llevó en una servilleta, eran de las pequeñas, si acaso tenían días de nacidas. Una de las tres cucarachas todavía estaba viva, movía las patas. Las llevó al cuarto y las dejó encima de su escritorio. Opia se detuvo en los ojos de las cucarachas; cada ojo en sí mismo parecía una cucaracha, eran negros y brillantes. Cuando las miraba cobraba la conciencia de un sabor: un sabor insulso, como a metal. El olor también le pareció desagradable y se paró al baño y se lavó las manos y la boca con sal, se mojó la cara y aspiró un poco de sal por la nariz para sentirse fresca. Quería evadir un poco el olor de las cucarachas. Tiraron un rato y al final las cucarachas se veían rostizadas, quemadas y secas. Opia esa noche se fue con un mal sabor.


Erico estaba inquieto. Sentía que las cucarachas presentaban una nueva patología. A la madrugada del otro día Enrico vio que su madre tenía un manual sobre cómo ahuyentar a las cucarachas en la su mesa de noche. Pensó botarlo. Pero decidió que era mejor guardarlo y leerlo con cuidado. Lo revisó, y vio que era una publicación del hierbatero de la plaza. Era una versión muy artesanal. En la mitad del manual había una inscripción que decía “Hay una manera simple de hacer que desaparezcan. Es necesario un artículo. Ese elemento es la sal”. Leyó otra vez: “…Es necesario un artículo. Ese elemento es la sal”. Esa tarde ató muchos cabos. Pensó en la noche en que había estado con Opia y las cucarachas muertas en su mesa de noche. Era demasiada casualidad. Ahora entendía cómo Opia era una presencia mortal para las cucarachas. Más adelante se enteró que la sal quemaba sus órganos. Sintió asco y deseo por Opia. Se imaginó una escena de las cucarachas muertas pegadas en la espalda de su novia. Esa tarde decidió bañarse porque quería reivindicarse con sus amigas. Sentía que estaba impregnado del olor de Opia. Esa noche las pintó y les hizo un dibujo de su anatomía.


Al otro día fueron a desayunar. Enrico le quería contar lo del manual. Quería que ella supiera por qué esa noche estaban esquivas. Tomaron jugo de naranja, café, huevos y pan tostado. Fue difícil entablar una conversación respecto a las cucarachas en ese momento. Enrico se quedó pensativo cuando Opia salaba el huevo…empezaba a quedarse sin apetito. Le resultaba repugnante que Opia fuera salada. Por un instante pensó que la sal podría ser un obstáculo en su relación.


Opia le habló de su sensación de la noche anterior. De su horrible malestar que le produjo el olor neutro de las cucarachas. Le dijo que le intrigaban los ojos de las cucarachas, pensó que tal vez fueran salados.

martes 26 de abril de 2011

Ladra Matilde

Matilde lleva dos meses rabiando de dolor. Está en una fase terminal. Su perro a veces le ladra. Ella ladra también de dolor. Oye cada mañana otros ladridos de perros. A veces llega a sentir mordiscos en los pies. Pero no es su perro, es un mal sueño que le hace mover los pies como esquivando los mordiscos.


En la pared de su cuarto hay un cuadro de un hombre que la mira a los ojos. La imagen es de un hombre a caballo que la mira vigilándola. Hay días que se despierta sobresaltada, sudando frío. Ha buscado varias veces rastros de heridas en los pies. No hay signos. Hay días que su perro le ladra porque ella amanece hinchada y cambiada. Su perro últimamente no la reconoce. Hoy le ladró por unos minutos. Ladró hasta su reconocimiento. Su perro la ha dejado de lado. La ve extraña. Ya ni siquiera le ladra, no la determina, no le pide caricias. El perro parece estar enfermo, lo notó su vecina cuando le trajo la libra de concentrado. Ahora, Matilde está cada vez más débil. Su perro se debilita al paso de su enfermedad. Ella también se horroriza de la metamorfosis de su perro. El horror se trasforma en claridad. El perro se ausenta de ella. Existe, pero su claridad es lo que la aterroriza. Aunque sepa que el horror está dentro de su cuerpo. El horror es ella delante de su perro. El horror es él que me ve muerta.


lunes 25 de abril de 2011

La despedida

Una noche me quité la ropa, los calzones, me duché, me puse perfume, me puse los calzones, una blusa negra, mis mejores pantalones y las medias mientras veía un hombre que bailaba en el televisor (el tipo se movía con sabrosura; movía la cabeza y la cadera. Sus músculos faciales se contraían en uno o varios espasmos.) Afuera se oía el tráfico de la caracas.

Un hombre esperaba afuera del garaje de mi casa. Esculcaba la basura. Lo iluminaba la luz del carro que salía en reversa. El hombre que manejaba era mi hermano. Vio que algo se iluminaba en el espejo retrovisor. Volvió la cabeza al frente y sacó el carro completamente de la casa . Él esperaba afuera. Ahí se me vino la imagen de mi padre manejando, en ese mismo carro. Un hombre joven con la barba negra y la frente grande que sintonizaba canciones dulzonas en la radio. Mi hermano me acercó hasta la caracas con 67. Me bajé y cogí Transmilenio para llegar donde Miguel. Allí alcancé a tomar un asiento vacío. Mientras esperaba sentada oía que alguien me saludaba con familiaridad. Yo asentí con la cabeza como si la conociera. Se sentó al lado mío y para superar el silencio me preguntó si sabía qué había pasado esa tarde en el salón de clases.

−¿Sabes lo que pasó hoy en el salón con Tutela?− Dijo ella.

−No, ¿qué pasó?− simulé que sabía quién era ella.

−El decano se rio de Tutela cuando le cerró la puerta en la cara. Lo que pasa es que ella siempre llega al salón, deja la maleta y se va a besarse con el novio. Además Tutela se puso brava con el decano. Le dijo que ella ya había llegado y había dejado la maleta en el salón… No marica la vieja es muy grosera... Marica tú vieras…

Se calló por un momento, y mientras tanto yo me hice la pendeja.

−Chao, me bajo en esta estación−. Salí y me bajé en la estación de la calle 85.

Como les dije iba para donde Miguel. Era de noche y tenía que pasar por la paralela a la autopista. Por una calle llena de árboles y de orines. Miguel esa noche iba a preparar algo de comida. Ir a su casa por esa época era muy angustiante. Matilde, su madre, llevaba más de cinco semanas enferma. Tenía una actitud de despedida cada vez que iba a su casa. A veces me miraba mal. Me hablaba muy poco. Desde que empezó a debilitarse empezó a ser más amable con migo. Su cuerpo estaba lleno de manchas.

Esa noche Matilde parecía que quisiera retomar las fuerzas; alzaba la taza, la cogía del borde como arrastrándola. Sus gestos eran lentos y a veces bruscos. Comimos una sopa de verduras. Miguel había hecho el caldo con zanahoria y cebolla. En el fondo de la sopa había cuscús. Su madre se paró de la mesa. Trajo una botella de ron y nos la dejó. Nos tomamos toda la botella. Me fui al baño. La puerta estaba trancada. La luz estaba prendida. Traté de abrir la puerta pero intuí que ahí estaba Matilde: muerta. Volví a donde estaba Miguel y le dije que fuéramos a dar un paseo. El asintió con un aire de borracho y nos fuimos.

martes 19 de abril de 2011

Recodo en Recoleta



Cementerio La Recoleta- Buenos Aires

Memorias de Enrico


Enrico dijo a su madre que quería un funeral sobrio. Sin nada de flores en el ataúd. Preferiría sobres de manila encima del cajón y, dentro, una carta.

***

En julio Enrico murió. Su madre para ese entonces ya estaba muerta. Su funeral se retrasó porque ese día había mucha demanda de salas funerarias. Se habían agotado los ramos en las floristerías y en muchas salas de velorios los ataúdes se veían despejados de gente y de flores. En otras salas se veían fotos y en otras cartas tiradas.

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